La rabia de un niño

Foto de un muro de ladrillos

¿Cómo quieren canalizar la rabia? ¿Cómo quieren que sigamos confiando en ellos?

Suspenden nuestras libertades; Obedecemos. Lloramos en soledad y silencio a nuestros muertos. Les dejamos que nos dicten qué es mentira y qué es verdad.

Y nos piden que no busquemos la culpa por ahora, que ya habrá tiempo. Pero la culpa no es nada. Las soluciones lo son todo. Me cuesta creer la promesa de que llegarán, de que todo irá bien. Me cuesta tragar la afirmación de que no se podía haber hecho más.

Se cuelan en el pequeño instante de duda que viene tras la petición de unidad, se cuelan pidiéndote que confíes ciegamente en su juicio. No hay tiempo para convencer con pruebas, ni para disuadir con razones, ni para admitir decisiones equivocadas. Confía, confía como cuando te piden que te comas el brócoli o que pedalees sin parar con la bicicleta sin ruedines por primera vez.

Nunca nos habían tratado como niños tanto como ahora. Nunca habíamos aceptado tan bien nuestro papel de menores castigados a estar encerrados en casa.

Nos exigen unidad acrítica para no entorpecer su importante trabajo.

Aunque no estén a la altura.

Aunque insistan en esconder su incompetencia tras una seguridad en el discurso.

Aunque no quieran nuestra ayuda, sino nuestra obediencia.

La tensión del estado de alarma no puede alargarse eternamente, la suspensión de mi juicio, tampoco. No puedo ser eternamente el niño que me piden que sea. Porque es posible que explote la rabia de un niño encerrado que no entiende por qué está castigado.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.