Reseña de Brooklyn Follies, de Paul Auster

Reseña de Brooklyn Follies, de Paul Auster

Luis Rull  
Portada de Brooklyn Follies, novela de Paul Auster

El libro de Auster más fluido de los que he leído. Tranquilo, luminoso, optimista como pocos de un autor al que leía mucho y con el que me he vuelto a reconciliar.

La vida de todos los personajes se van hilvanando desde la vida y la perspectiva del narrador; todos convergen hacia un renacimiento, una nueva ilusión por la vida que habían dado por estancada, vacía o malgastada.

Una oda al triunfo de la voluntad sobre la apatía. Visto de otra manera, del orgullo propio frente al derrotismo. Según la visión que te va impregnando, no hay que aspirar a cambiar el mundo y amargarse si no consigues llegar al gran objetivo que te has impuesto. La tesis del narrador, opuesta a esa desgana y que contagia a todos, es hacer razonablemente feliz el espacio que te rodea, lo que tienes a tu alcance.

No quiero confundir: no es una novela cursi, ni manipuladora. Puede rozar esos pecados, pero el talento de Auster lo salva con solvencia porque siempre tiene su arma cargada. El arsenal narrativo de siempre:el azar, la casualidad. Si otros están buscando siempre la luz más allá y viven en tierras de penumbra, Auster siempre saca lo aleatorio como motor de todo lo importante que les pasa a sus personajes, como liberador ante la indolencia.

Buena novela para leer en tiempos sombríos.

La podéis

Fragilidad: una ficción ficcionada

Luis Rull  

FragilesA una persona le van bien las cosas. Sale con sus amigos, lee, trabaja, piensa es su futuro, como casi todo el mundo.

Otra persona tampoco puede quejarse. Va de botellona, juega con la wii que le regalaron por navidades, va a clase, le quedan pocas asignaturas para terminar la carrera. Tiene pensado entrar a trabajar en una caja de ahorros, que siempre contratan en verano.

Podemos ver la situación como dos líneas que se van dibujando en un plano, con sus altos y bajos, pero que avanzan hacia algún lugar. Hasta que un día se cruzan.

De vuelta a casa una tarde, ambos pensando en qué van a comer y si cogerán el atasco que siempre les atrapa a esa hora. Ya están hartos de la comida de la universidad, que ni es sana ni es buena. A la primera persona le espera una ensalada de pasta y un pisto congelado, a la segunda la, carne con tomate que le sale tan buena a su madre.

Hay cola en el autobús, que se llenará y dejará a algunos esperando 20 minutos más. Ambos pasan por su lado y miran si hay alguien conocido. No es así y pasan de largo. A la segunda siempre le fastidian los badenes que han puesto en la avenida de salida: Cuando conduce el coche nuevo de su padre le encanta apretar el acelerador.