Un chaparrón

Nunca he apreciado mucho la música ni las letras de Bob Dylan. Por alguna razón, no conectaba con su poesía ni con su ritmo. Ahora, a los 46 años, tras un mes encerrado en casa por el Covid–19, he descubierto que «A hard rain’s gonna fall» es una canción maravillosa, con imágenes muy profundas. (Ver letra completa) Mejor tarde que nunca.

I saw ten thousand talkers
Whose tongues were all broken
I saw guns and sharp swords
In the hands of young children

Es curioso que la canción evoca casi siempre espacios abiertos, como si Bob fuera un mensajero que nos traiga noticias del exterior, consejos de aguantar, de esperar tiempos sombríos y duros, chaparrones que nos darán fuerte.

I’ve stumbled on the side of
Twelve misty mountains
I’ve walked and I’ve crawled on
Six crooked highways
I’ve stepped in the middle of seven sad forests
I’ve been out in front
Of a dozen dead oceans
I’ve been ten thousand miles in
The mouth of a graveyard

Y las personas heridas

I met one man
Who was wounded in love
I met another man
Who was wounded in hatred

Me encanta el esquema de cada estrofa:

  • BEEN
  • SEEN
  • HEARD
  • MET
  • DO

Nos hace preguntas muy relevantes:

  • ¿Dónde has estado?
  • ¿Qué has visto?
  • ¿Qué has oído?
  • ¿A quién te has encontrado?

y, sobre todo:

  • ¿Qué vas a hacer ahora?

Nos está cayendo un chaparrón. Y el duro de verdad va a caer pronto.

Soluciones para defenderse de las noticias falsas

Las soluciones para defenderse de las noticias falsas se agrupan en dos grandes categorías: las que intentan evitar su difusión y las que intentan que la gente no las crea.

Sin ser excluyeres entre sí, ¿cuáles son las más fáciles de implementar? ¿Cuál respeta más los derechos de los ciudadanos? ¿Cuales tienen efectos no deseados más graves?

Por un gobierno de concentración nacional

Calles vacías por el Cov19
Calle de Sevilla vacía

La situación va a empeorar mucho antes de mejorar algo. La ira está creciendo en nuestros cuerpos. La unidad de acción y la determinación deben prevalecer sobre el cálculo partidista y las discusiones ideológicas o de propaganda.

Desde mi humilde opinión, creo necesario la creación de un gobierno de concentración nacional con todos los partidos del arco parlamentario, especialmente los de ámbito nacional. Ya habrá tiempo de buscar responsabilidades cuando todo se calme, pero ese tiempo no puede ser HOY.

Tienen que sentarse y responsabilizarse de las decisiones que se tomen a partir de ahora para que sea el cálculo del bien común y no el electoral el que guíe sus decisiones. En pocas semanas puede haber una crisis política y no podemos tener ni un segundo al Estado pendiente de la misma.

El miedo no puede dirigir, hoy, la búsqueda de culpables, sino la búsqueda de las mejores soluciones.

Gobiernos de concentración a todos los niveles nos evitará muchos problemas cuando lleguen los días de la ira. Y vendrán. Más pronto que tarde.

Si la situación actual no merece un gobierno de concentración nacional, ¿qué situación lo merece?

(Cedo todos los derechos de reproducción y autoría a quien quiera utilizarlo, prublicarlo, reproducirlo o divulgarlo)

Te tengo donde quería

Como la Historia se construye hacia atrás, tendemos a creer que las acciones (e intenciones) de las personas que tomaron parte en ella eran a propósito, conscientes y calculadas.

Si el resultado es bueno, pocas personas se niegan a ponerse la medalla. Si es malo, la culpa será de las circunstancias o se pondrán de perfil para que no se les relacione con el hecho.

Memorias, promesas y desencanto.

(Artículo publicado en el diario El Mundo Andalucía el 28 de febrero de 2020)

Hay pocas cosas más volubles que la memoria. La ciencia nos dice que cambiamos nuestros recuerdos en función de lo que vivimos, de manera que entendemos el pasado mediatizado por todo lo que nos ha ocurrido desde entonces.

Foto de flor de azahar y naranja

El 28F se convirtió, para los que nacimos a principio de los 70, en el hito modernizador construido para crear una identidad común y así orientarnos en la misma dirección. Liderados por una élite política, el llamamiento a la movilización en las calles frente a las decisiones del gobierno central tuvo éxito, pero también venía con una promesa de prosperidad y emancipación. Si se cumplió o si mereció la pena, lo dejo en las manos de otros con más herramientas empíricas para afirmarlo o negarlo. Algunos sólo podemos evocar los recuerdos modificados por años de experiencias, de repetición de llamadas al espíritu andaluz y de ejercicio de la autonomía política.

La emigración de los sesenta y setenta era (es) una herida abierta en todo el sur de España. Se fueron los más valientes (y los más hambrientos). Es difícil entender el 28F fuera del contexto de las migraciones exteriores e interiores. Frente a ese trauma se ofrecía la promesa de que, esta vez sí, el talento y el trabajo iba a ser valorado, aprovechado y fomentado en esta tierra y no en puertos y campos lejanos.

¿Suena a algo familiar? Se ha expresado en estos 40 años de diversas formas. Algunos acuñaron ese sueño con expresiones como «La California de Europa» o «La Dinamarca con buganvillas», una aspiración inalcanzable, cual Zenón industrial, sin saber que necesitaba más fondo que sprint, más siembra que fiesta de la cosecha, más horizontes que autocomplacencia.

Y Andalucía se dividió en dos mundos: los que hablaban del futuro y los que lo construían. Así, un cierto descreimiento del oropel y la épica modernizadora ha crecido año a año, incumplimiento tras incumplimiento; una desconfianza que ha centrado a miles de andaluces en sus tareas, ignorando las sucesivas llamadas identitarias, para hacer lo que mejor consideraban: trabajar en lo suyo. Sectores económicos completos, profesionales, artistas, funcionarios, trabajadores… no volvieron a creer en las llamadas a filas ni en las exaltaciones folklóricas, viviendo su visión de lo común, de lo andaluz, lo más alejado posible de banderas o propagandas. El descreimiento se hizo transversal, como un susurro, omnipresente. Visiones de lo comunitario discretas, ascéticas, sobrias; evitando políticos, titulares y subvenciones. Suerte una sociedad civil que tiene otro tempo, el de las exportaciones, los debates intelectuales o la innovación fuera de la cultura oficialista. Islas de emprendimiento, competitividad y exportación en un mar calmo, tirando de un desarrollo al que le salen muchos padres, padrinos y patrocinadores en cuanto brillan un poco.

Imagen impuesta

El 28F fue, para muchas generaciones, un comienzo sin las limitaciones que imponían una imagen impuesta por los que nos decían cómo éramos. Una mirada que generaba una visión de futuro optimista, pero que también pedía, de alguna manera, confianza (y sumisión) en los receptores del poder político y económico que se reclamaba para el sur.

Las cadenas del pasado se rompían para conquistar un futuro deslumbrante, la oscuridad pasada era, sin duda, consecuencia del dominio externo. Andalucía sufría un pie dominante en el cuello y se iba a liberar de las barreras medievales, clasistas e iletradas.

Una suerte de clases medias recién urbanizadas comenzaban a disfrutar de la explosión de consumo, cierta abundancia y aparente seguridad y, simultáneamente, emergía un cierto reconocimiento del mérito y la capacidad. Funcionarios, ingenieros, abogados, obreros… todos creyeron en las promesas de los frutos seguros del trabajo y del estudio. Un compromiso de esfuerzo a cambio de ser dirigidos por un grupo de jóvenes que prometían defender lo andaluz con uñas y dientes.

La visión se presentaba como el mínimo común múltiplo de infinidad de personas muy diferentes, desde Cuevas del Almanzora a Ayamonte, desde el jornalero hasta el aristócrata, desde coroneles que habían hecho la guerra hasta niños que cantaban la Internacional sin saber quién era ni Franco ni Marx. Somos un pueblo y nos guiarán: «Marchemos francamente, y nosotros los primeros, por la senda autonomista».

Todo era una explosión de buenas intenciones. El futuro era nuestro porque volvíamos a coger las riendas de nuestro destino. Liberados de la opresión exterior que mantenía la interior, por fin el mundo vería las virtudes andaluzas: Volver a ser lo que fuimos. La garantía del cambio era que algunos de los vástagos de las familias privilegiadas eran los más entusiastas reformadores.

Había que modernizar la economía y todos estaban dispuestos a sacrificarse (obreros/jornaleros, gestores y empresarios, funcionarios y profesionales liberales) El trabajo duro daría sus frutos y estos frutos serían aún mejores si se hacía «a lo moderno»: economías de escala, profesionalización de la gestión, la empresa como casa común donde todos aportaban y todos se beneficiarían. El mundo se estaba abriendo y las llamadas a las puertas del cielo europeo empezaban a funcionar.

No quiero terminar con un sabor de boca amargo y cínico. Lo que sigue teniendo validez y utilidad es el orgullo del trabajo y la promesa de justicia distributiva y procedimental. La libertad, la asunción de la pluralidad y la igualdad de oportunidades fueron valores útiles y unificadores, pero no podemos abandonarlos aunque no se cumplieran en la medida que nos prometieron.