No pasa nada. Ya no soy Telémaco.

Luis Rull  
Luis F Rull
Luis F. Rull

No soy especial, no pasa nada. Casi todos los hijos pasan por la experiencia de la muerte de sus padres. Pero para mí sí es especial, nuevo, inesperado. No soy los demás: no he tenido más que un padre y dejar de tenerlo es duro, y no por común es más soportable.

Los lugares comunes, las expresiones habituales, los ánimos de los que me quieren no me animan del todo. Y no es que esté buscado el consuelo, llamar la atención, reconocimiento, o lástima de los demás. Muchos buenos amigos nos han confortado mucho, demostrando afecto sincero. Lo que necesito expresar es que no encuentro la paz de espíritu que tenía y tengo miedo de que no vuelva, aunque mi razón, la psicología y todos los que me quieren dicen que volverá. El duelo es un proceso universal y no me creo especial.

No lloré apenas en los días posteriores porque quisiera evitar que los demás me vieran triste, sino porque, simplemente no me salía. Ahora, tras varios meses, siento que sigo estancado, haciendo las cosas que hacía los días siguientes a su muerte: leo cosas interesantes y pienso inmediatamente qué le diría al compartírselo o qué conversación tendríamos sobre alguna idea de esa u otra lectura. Recuerdo nuestras confidencias y lo que con ellas aprendí de la vida que, como tiene muchos recovecos escondidos, puede engañar. Momentos de intimidad en los que descubres una ampliación de la realidad, ese momento mágico en que descubres que sabes más que un segundo antes, que asumes que estabas un poco más equivocado que en el presente. Esa felicidad plena de entender un poco mejor el mundo y que la has conseguido con alguien que te quiere incondicionalmente. Los consejos de no caer en la desesperación o en la melancolía, de alguien que ya estuvo en el agujero y sabe que de ahí no sale oro ni petróleo. Asumir la convivencia de la voluntad y la emoción, pero sin dejar que ni la impotencia ni el entusiasmo marquen la concentración en lo que quieres.

Si es verdad que lo que sentimos con el duelo es la traición del tiempo, de la vida; La sensación de que nos han quitado algo que era en justicia nuestro, que la historia ya no sigue el curso que debía porque se ha torcido; si es verdad, ¿cuándo se acaba? Porque acaba, casi todos superan la muerte de sus padres.

Cuando intento averiguar qué me pasa, parece me llega la sensación de injusticia, de agravio, de que alguien, algo, te ha quitado un tiempo, sensaciones, alegrías, conocimientos,…todo lo fantástico que tenía con él. Quizás el problema es que eso no cuadra con cómo veo el mundo e intento forzar dos ideas que no son compatibles. Porque esa “injusticia” no es compatible con cómo veo el mundo, con la visión indeterminista, naturalista y a-humanista que tengo y que me enseñó él: el universo no conspira, no tiene un propósito, es caótico… esas arterias reventaron porque algo minúsculo e indetectable se atascó en un sitio un día en una caminata a casa. No hay razón, intención de nadie, causa evitable. “Murió porque…” es lo que pide mi mente, mi cuerpo, para encontrar un sentido. La búsqueda de sentido a un detalle de mi existencia (la muerte de mi padre), ¿amenaza la búsqueda del sentido del resto de mi vida? ¿Amenaza el sentido que ya le he encontrado? Si no encuentro la razón porque, de principio, pienso que no hay razón, ¿me atasca? ¿me hace estar triste y falto de ánimo e ilusión para hacer cosas?

Me acuerdo de lo que envidiábamos él y yo a los que encontraban la trascendencia con sus creencias religiosas y de que siempre emergía, en los momentos de duda, un optimismo y una fe en que la bondad merece la pena, sin importar que veamos como la maldad, la mediocridad y la pereza ganan terreno y éxito. Entonces leo a Gomá Lanzón diciendo que esencialmente somos ejemplo, que lo que dejamos es la inspiración en los demás. Que eso es lo más cercano a la inmortalidad que tendremos, esa es la huella que dejamos, pero que sólo entonces nos revelamos, o se nos revela alguien completamente

Conocer la verdad de un hombre, en sentido estricto, es recordar su ejemplo cuando ya ha dejado de existir, momento en el que adquiere un relieve y una nitidez extraordinarios.

Javier Gomá Lanzón. Aquiles en el Gineceo (Ver cita completa)

Así, la alegría de conocer a mi padre de verdad ahora crece en mí. Cierto es que los primeros días me gustaba mucho recordar sus virtudes, sus alegrías, los buenos momentos con él, incluso su defectos, los cómicos, que lo hacían, (que lo hacen ahora de verdad) tan especial, tan diferente. Eran momentos de felicidad inducida, provocada para animar a los que nos rodean, para animarme a mí, para ver la parte positiva en un mundo que en ese momento parece maligno. Entonces ví claramente lo que sólo vislumbré cuando empecé a ser padre. Porque un padre, una madre, son lo más especial para un hombre. Nadie en el mundo te ha seguido y te ha hecho, te ha rechazado y te ha liberado, ha servido de modelo y de contraejemplo, como ellos. Sientes de pequeño que el mundo es como el que te muestran, de adolescente te rebelas porque no son perfectos y de mayor los idolatras porque conoces el maravilloso equilibrio entre sus virtudes y sus defectos, entre el mundo que les tocó vivir y el que ellos, en su microcosmos, lograron crear con esfuerzo a tu alrededor, entre lo que quisieron enseñarte y lo que de verdad aprendiste. Ves entonces a dos héroes que lograron el triunfo que estás peleando ahora mismo como adulto. Si el resto de las personas son gente, tus padres están siempre fuera de esa categoría, desde que comienzas a ser consciente de que hay algo dentro (tú) y algo fuera (lo demás). Vas descubriendo el mundo de su mano, pero van llegando más manos que te enseñan otras cosas: tus hermanos, tus amigos y enemigos, las historias que salen de las letras de tus libros, las sensaciones del series y películas que ves, los profesores,… Pero no son las de tus padres. No son la primera base de lo que ves, no son el primer modelo que tuviste que romper para ver la maravillosa variedad de opciones que el universo nos presenta. Los demás no son los que nos enseñaron que su verdad es la primera mentira, no son los que nos enseñan que buscarla, encontrarla y volver a descubrir que es una mentira (aunque sólo sea muy parcialmente) es la vida realmente virtuosa. Un bucle infinito de correcciones que ellos iniciaron y en el que encierran la primera verdad que vas matizando cada día, desde el primero hasta el último. Incluso descubres que no los traicionas buscando y aceptando otras verdades. Los honras porque el camino es la vida y, entonces, sólo entonces, entiendes la idea dentro de unos de los poemas preferidos de mi padre :

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Ítaca, de Kavafis

¿Por qué no puedo seguir siendo Telémaco? ¿Por qué, papá, me obligas a ser Ulises?

Sin duda (el adolescente) no lo sabe todo, pero es cierto que esa edad ociosa, sin oficio ni beneficio, es una época privilegiada para pensar en el todo. ¿Cuándo se manifiesta esa totalidad en el caso de la vida humana? No hemos de reputar feliz a nadie, dice Solón, mientras viva, sino que debemos esperar al final de su existencia. Al morir, el sujeto entrega su esencia, que es el ejemplo que ha ido cincelando durante todos los años anteriores en la materia del tiempo. Durante todo su habitar sobre la tierra el hombre incuba en su seno la promesa de un ejemplo que va creciendo y solo se detiene y asume su forma definitiva cuando aquel muere. Es difícil que un sujeto conozca de verdad a otro —un padre, un amigo— mientras ambos, el conocedor y el conocido, todavía vivan, ya que no solo la esencia de este es incompleta, sino que además apenas puede percibirse con claridad: el ritmo de las obligaciones ordinarias, la vulgaridad de las situaciones, el norte del egoísmo humano, la inseguridad de las apreciaciones en la experiencia diaria impiden una disposición apta para dicha percepción. Pero, tras la muerte, resplandece ese ejemplo, ya completo “y despojado de sus accidentes. Con frecuencia se ha notado que el término griego para «verdad» —aletheia— significa no-olvido (a-lethos), esto es, recuerdo. Conocer la verdad de un hombre, en sentido estricto, es recordar su ejemplo cuando ya ha dejado de existir, momento en el que adquiere un relieve y una nitidez extraordinarios. De ahí que nos conmovamos hasta la desesperación cuando “desaparece un ser querido: al morir, contemplamos por primera vez su ser verdadero, lo amamos definitivamente y desearíamos por encima de todo poder decírselo, pero entonces ya es demasiado tarde. Todo conocimiento es póstumo.”

Pasaje de Aquiles en el gineceoo o Aprender a ser mortal de Javier Gomá Lanzón

NOTA: No os preocupéis por mi: no estoy deprimido ni tengo problemas graves. Esta entrada ha sido elaborada durante meses para expresar mi pena, refleja estados de ánimo diferentes en diferentes momentos. La vida, pese a todo, me trata muy bien y no tengo quejas ni agravios.