El demonio de las pequeñas cosas. Por Luis F. Rull

EL DEMONIO DE LAS PEQUEÑAS COSAS. (Publicado en El Mundo Andalucía en 17 de Mayo de 2005. pp. 4 y 5)

Por Luis F. Rull. Catedrático de Física Teórica de la Universidad de Sevilla.

A menudo me da por pensar en la injusticia histórica que se comete con Andalucía cuando veo la inhibición de todos aquellos que movilizaron a media España cuando el accidente del Prestige. Los movilizados fueron fundamentalmente jóvenes, ya fuera para protestar (los más) ya fuera para trabajar en tareas de limpieza y recuperación de ecosistemas (los menos). Los que fomentaron con su conocimiento experto esa “riada de solidaridad” apenas no movieron el pasado verano ni un solo gramo de inspiración y trabajo con la tragedia de los incendios forestales de Huelva y Sevilla, a pesar de que el impacto fue comparable (cuando no superior) al de Galicia. Por lo menos así lo aseguran personas serias y responsables que conozco, personas en las que confío para estos temas. El chaparrón de opiniones sobre el impacto ecológico y económico del suceso se quedó en sequía.

En ocasiones me da por pensar en la irresponsabilidad de los padres que aceptan una educación extraordinariamente deficiente para sus hijos. España está colocada en el lugar 21 del Informe PISA (www.pisa.oecd.org), que evalúa la formación de los jóvenes de varios países desarrollados. Una de las conclusiones es que nuestros estudiantes están en varias materias básicas por detrás de países cuya mera localización en un mapa le costaría hasta al más avezado de ellos.

Por último, debo confesar que a diario me solía cuestionar los motivos del bloqueo sistemático de los accesos para bomberos y otros servicios de emergencia por parte de vehículos privados. No es necesario apuntar que estos lugares, designados para que los bomberos nos ayuden a extinguir incendios, se encuentran convenientemente señalizados.

Las respuestas que se me ocurren para estos tres interrogantes de acciones individuales están más o menos relacionadas:

Para el análisis de la tragedia ecológica y, en consecuencia económica, del norte de Andalucía Occidental sólo puedo apelar a mi propia experiencia: Soy profesor de Física Teórica en la Universidad de Sevilla y para la investigación que dirijo necesito de las subvenciones del Estado, y éstas pueden ser reducidas, e incluso eliminadas, por el capricho del político de turno. ¿Es posible que este detalle, común a la mayoría de la comunidad científica haya afectado a otros compañeros con mayor prestigio o capacidad de influencia? ¿Será éste el motivo por el que la rebelión del Prestige no se reprodujo en Andalucía ?

La educación de los hijos me obliga a buscar otra posible explicación. Si hay inacción por parte padres negligentes en la educación de sus hijos, puedo entender que así se sienten felices, que se evitan broncas, que les basta con que sus hijos aprueben los cursos y promocionen. Entiendo que no les importa demasiado si han aprendido algo o no, como tampoco les interesa demasiado si respetan o atienden a sus esforzados docentes, trabajadores que luchan para ayudarlos a convertirlos en ciudadanos libres y educados.

En el último caso la explicación me viene, paradójicamente el día en el que no se cumple la regla: cuando el espacio reservado como acceso de emergencia está desocupado. Si en tales ocasiones continúo por la calle buscando otro estacionamiento y acabo en la misma calle, invariablemente encuentro el sitio ocupado por otro vehículo. El civismo no es la explicación a la anomalía. La respuesta al hecho extraño es la falta de oportunidad de algún convecino nuestro. La comodidad de un individuo prima sobre la seguridad de muchos otros.

Estoy seguro que el paciente lector de estas reflexiones es capaz de encontrar más y mejores ejemplos similares a estos tres en su vida cotidiana.

Tengo la sensación de que para no perder una subvención o privilegio, hacernos la vida más sencilla, o sencillamente facilitarnos algunas tareas como la de aparcar, estamos dispuestos a seguir callados y tranquilos cuando se cometen acciones que perjudican a la colectividad. No nos damos cuenta de que está actuando el “demonio de las pequeñas cosas”, el demonio que nos tienta con las ilegalidades, las faltas a la honestidad o las traiciones a nuestros principios. No conozco bien los mecanismos psicológicos, pero sospecho que, al considerarlas “incorrecciones menores” nuestra conciencia las asume sin demasiada dificultad. Tampoco estoy versado en las elegantes explicaciones socioeconómicas de “la acción colectiva”, pero conozco sus efectos en el bienestar común.

La explicación individual, la falta de civismo de los individuos, es un gran lugar común en este tipo de discusiones. Arrinconando “el mal” a una esfera única, a un factor fácilmente identificable, exoneramos a los dirigentes públicos de toda responsabilidad. Somos malos ciudadanos y no hay forma de corregirnos. Si reproducimos este fatalismo, ¿qué alternativas o soluciones podemos demandar de los políticos? O mejor dicho ¿qué margen les damos? Si dispensamos a los poderes públicos de su responsabilidad de resolver algunos problemas, qué podemos esperar, ¿qué se resuelvan solos?

Nos está pasando algo similar a lo que escribió Kavafis cuando decía que silenciosamente le habian construido una muralla y que le taparon el mundo, la triste es que en este caso el director de la obra es TONTO.