Las grandes mentiras no limpian las mentiras inmensas

Siempre admiré a Julio Anguita. Lo conocí fugazmente cuando era un niño porque venía a casa alguna vez que otra. Me gustaban sus argumentos, a veces sofistas, a veces, impecables, porque no incluían insultos a la inteligencia ni descalificaciones ad hominem. Hoy me encuentro con este artículo en El Economista:

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Las características de los aspirantes deben circunscribirse a jóvenes con gran necesidad de realización personal para asumir los riesgos de ser autónomos e independientes y que además sean personas que de la nada y sola con el capital de la idea, afronten la epopeya de labrase un futuro.

Estos talentos cumplen lo que en la cultura anglosajona se denomina los self made men u hombres hechos a sí mismos. Este mítico ejemplo, de porcentaje estadístico casi inexistente, se presenta como modelo para la inmensa mayoría de desempleados jóvenes. Ni que decir tiene que la propuesta deriva de una concepción en la que el Estado carece de responsabilidades sobre la economía y sobre el paro.

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Creo que Julio confunde la parte por el todo. No todos los emprendedores son subcontratistas explotados, ni antiestatalistas come funcionarios. Si quieres hacer algo diferente y ganarte la vida honradamente, no es que odies a tus ciudadanos ni la protección del Estado. Ni piensas que el pobre lo es por su culpa, ni que todos los impuestos son incautaciones.

Admito que, en los últimos tiempos, hay un abuso asfixiante de la retórica “emprendedora”. Parece que fuera la solución a todos lo males de nuestra sociedad. Y es cierto que muchos se escudan en la mística del emprendimiento para justificar todo tipo de desmanes y explotaciones.  Y que hay miserables que llaman emprendedores a subcontratados sin derechos ni sueldos dignos. Pero precisamente el Estado debe velar porque esas cosas no pasen.

Nunca he pensado que todos los comunistas son asesinos como Stalin, ni sádicos como Pol Pot. No entiendo cómo Anguita piensa que todos, sin excepción, todos los que decididmos, con humildad, hacer una cosa que nos hacía ilusión, somos comeniños dickensianos. Trabajamos sin explotar ni engañar a nadie, creando algo que antes no existía y añadiendo valor a esta sociedad, haciéndola un poco más productiva con mucho esfuerzo. Algunos quizás sí. Pero no todos.

El punto irritante de los comunistas clásicos siempre me pareció su habitual apelación a una falacia lógica para darle la vuelta a cualquier argumento. Popper, con sus defectos y virtudes, me enseñó que la falsa conciencia es un argumento ni lógico ni justo ni científico. Cualquier argumento puede ser tachado de burgués y autoengaño. Y ahí se acaba la discusión. Porque con los niños no se razona, porque son inmaduros, engañados, ilusos. Todos manipulados sin excepción.

Las generalizaciones suelen tener parte de mentira. La de Anguita la tiene. Y es insultante para los que trabajamos duro y no explotamos ni nos dejamos explotar. También es mentirosa la que dice que la sociedad es abierta y llena de posibilidades para todos, que el esfuerzo y la innovación es suficiente para la riqueza. Nuestra sociedad no es justa y los buenos empresarios, innovadores, honestos y creadores de valor, no extractores de renta, no triunfan. No soy tan iluso. Pero una gran mentira nunca ha remendado otra más grande.

(No cuestiono todas las ideas o manifestaciones de Julio. Espero de los lectores un poco de inteligencia para entender que esta entrada es sólo una crítica a un artículo particular, no un ataque a la persona ni a sus creencias)