La impotencia de la voluntad

Si quieres algo con muchas ganas, piensa muy fuerte y lucha, seguro que lo consigues.

Este tipo de razonamiento es “mágico”, no racional. Y está más extendido de lo que pensamos. El mismísimo Steve Jobs, paradigmático representante de la revolución tecnológica, caía en sus garras.
Siempre he pensado que los muy listos y los muy exitosos se acostumbran a que, trabajando duro, eres capaz de cualquier cosa y suele sobreestimar sus capacidades. Lo malo es que, muchas veces, para hacer cosas maravillosas hay que tener esa fe irracional en uno mismo o en una idea.

Visto en el blog de Luis Alfonso Gámez, Magonia, que trata sobre supersticiones y misterio, denunciando a todo engañabobo que se cruza por su camino.

Steve Jobs, un hippie capitalista

(Artículo publicado el 7 de octubre de 2011 en Diario de Sevilla)

LOS medios loan la figura de un empresario que comenzó de la nada. La personalidad de Steve Jobs es, a partes iguales, fruto de su genio individual y del tiempo que le tocó vivir. Si una de las motivaciones para crear Apple fue demostrar lo equivocados que estaban aquellos que creían que los ordenadores sólo eran para las grandes empresas, los retos a los que se enfrentó tenían siempre en común el desafío a una idea aceptada como evidente por casi todos. Ya fueran mercados considerados como agotados (reproductores de música) o que la tecnología y el arte no tenían nada que ver, siempre iba contracorriente, como si de un resentido social sediento de venganza se tratara. Pero el señor Jobs no era tal cosa, era un hombre reflexivo que antes de tomar un camino sopesaba bien qué batallas librar y qué convenciones destruir.

Maestro de la sugestión, imbuía en sus colaboradores una motivación que rallaba lo obsesivo. Conseguía que todo aquel que trabajara con él entendiera su proyecto como una cruzada trascendente, como algo en lo que merecía poner todo el empeño y talento posible. A pesar de ser un gran egocéntrico, vio como nadie la importancia de tener un equipo motivado a su alrededor. La creatividad de las personas de las que se rodeaba era lo que más le importaba, aunque ello pudiera llevarle a ser cruel, tiránico y posesivo si creía que el trabajo no era bueno o la implicación no era máxima. Con todo, no era un avaro ni un tirano explotador. Muchos de sus defectos derivaban, según cuentan quienes trabajaron con él, de su entrega completa a desmentir el “eso no se puede hacer” de turno. Valoraba y recompensaba el talento tanto como despreciaba la mediocridad y la aceptación acrítica de convenciones sociales.

Donde algunos veían sólo hedonistas, drogadictos, hippies y vagos, otros han sabido ver el germen de muchos de los nuevos movimientos sociales y tecnológicos que están definiendo el inicio del siglo XXI. Manuel Castells siempre ensalza las revueltas que presenció en Berkeley como más relevantes para nuestro mundo que el mitificado mayo parisino, puesto que sembraron de una forma más profunda la semilla del inconformismo. La explosión de productividad y el potencial creador de las nuevas tecnologías, no pueden entenderse sin el espíritu pionero del Oeste y su renacimiento en los 60 y 70 en forma de rebelión cultural. Silicon Valley no es producto de una planificación política de polígonos tecnológicos, sino de una cultura que valora la innovación y donde el mérito es más importante que el apellido, la riqueza o el aspecto. A los emprendedores, sea cual sea el significado de esa expresión, nos deja uno de los discursos más motivadores de la historia, el que dio en Stanford hace unos años. No por repetida deja de conmoverme la frase que eligió de una de la biblias de la contracultura, The Whole Earth Catalogue: “Mantente hambriento, mantente alocado“.